
– Sí, aunque de hace veinte años -dijo Liu-. ¿Cómo podría reconocerme en una foto de los tiempos del instituto? ¿Recuerdas ese famoso verso de He Zhizhang «Mi acento no ha cambiado, pero mi pelo ha encanecido»?
– El mío también -reconoció Gao-.
Había llegado la hora de regresar.
Gao retomó el timón. El motor empezó a vibrar y a rechinar. Lo aceleró al máximo. El tubo de escape escupió un humo negro, pero el bote no se movió. El capitán Gao se rascó la cabeza y se volvió hacia su amigo como pidiendo disculpas. No alcanzaba a entender qué pasaba. El canal era estrecho, y no obstante, bastante profundo. Era imposible que la hélice, protegida por el timón, se hubiese atascado en el fondo. Quizá algo había quedado prendido, una red de pesca desgarrada o un cable suelto. Lo primero era poco probable, pues el canal era demasiado angosto para que los pescadores lanzaran sus redes; pero si el problema se debía a un cable, sería difícil desenredarlo para liberar la hélice.
Gao apagó el motor y dio un salto hasta la orilla. Tampoco consiguió situar el problema, por lo que empezó a sondear el agua turbia con un largo palo de bambú que acababa de comprar a su mujer para colgar la ropa en el balcón. Al cabo de unos minutos, dio con algo cerca de la quilla. Parecía un objeto blando, más bien grande y pesado.
Gao se quitó el pantalón y la camisa, y entró en el agua. No le costó dar con el bulto, pero tardó varios minutos en arrastrarlo por el agua y llevarlo hasta la orilla. Era una bolsa grande de plástico negro. Estaba cerrada con una cuerda. Gao desató el nudo con cierta cautela y se inclinó para mirar en el interior.
– ¡Diablos! -maldijo-.
– ¿Qué pasa?
– Mira esto. ¡Pelo!
Liu se inclinó y se quedó de piedra. Era el pelo de una mujer muerta y desnuda. Con ayuda de Liu, Gao sacó el cuerpo de la bolsa y lo pusieron boca arriba sobre la tierra.
La mujer no podía llevar demasiado tiempo en el agua. Su rostro, aunque ligeramente hinchado, era joven y agradable. Unas briznas verdes de junco se habían enredado en su mata de pelo oscuro. El cuerpo era de un blanco fantasmal, con los pechos fláccidos y las piernas fornidas. El negro vello púbico estaba mojado.
