Gao volvió rápidamente al bote, sacó una manta vieja y la lanzó sobre el cadáver. Fue lo único que atinó a hacer en ese momento. Luego rompió el palo de bambú en dos trozos. Era una lástima, pero ahora traería mala suerte. No soportaba la idea de que su mujer lo usara todos los días para tender la ropa.

– ¿Qué haremos? -preguntó Liu-.

– No podemos hacer nada. No toques nada. Hay que dejar el cuerpo así hasta que venga la policía.

Gao sacó su teléfono móvil. Vaciló antes de marcar el número de la policía de Shanghai. Tendría que redactar un informe y relatar cómo había encontrado el cuerpo, pero ante todo, tendría que explicar qué hacía él allí a esa hora del día y con Liu a bordo. Se suponía que estaba de turno, cuando, en realidad, había salido a divertirse con un amigo mientras pescaban y bebían. Con todo, decidió que contaría la verdad. No le quedaba otra alternativa. Marcó el número.

– Inspector Yu Guangming, de la brigada de asuntos especiales -contestó una voz-.

– Soy el capitán Gao Ziling, del Vanguardia, Departamento de Seguridad Fluvial de Shanghai. Quiero informar de un homicidio. Se ha encontrado un cuerpo en el canal Baili. El cuerpo de una mujer joven.

– ¿Dónde está el canal Baili?

– Al oeste de Qingpu, pasada la papelera número dos de Shanghai, a unos once o doce kilómetros.

– Espere un momento -dijo el inspector Yu-. Déjeme ver si hay alguien disponible.

El capitán Gao se iba poniendo cada vez más nervioso a medida que se prolongaba el silencio al otro lado del teléfono.

– Nos han informado de otro asesinato después de las cuatro y media -dijo finalmente el inspector Yu-Todo el mundo está fuera/incluso el inspector jefe Chen, pero iré yo. Supongo que usted sabrá lo suficiente para no meter la pata. Espéreme ahí.



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