Gao miró su reloj. El inspector tardaría al menos dos horas en llegar, sin contar el tiempo que tendría que pasar con él después. Luego los requerirían como testigos, y entonces era probable que tuvieran que ir a la comisaría para declarar.

El tiempo era muy agradable y la temperatura suave. Las nubes se desplazaban perezosamente por el cielo. Gao vio un sapo oscuro que saltaba dentro de una grieta entre las rocas. Su lomo gris resaltaba sobre el color blanco hueso de la piedra. Un sapo también podía ser un bicho de mal agüero. Gao volvió a escupir. Había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho.

Suponiendo que consiguieran llegar a casa para la cena, los peces llevarían horas muertos. Era un detalle importante a la hora de preparar una sopa.

– Lo siento mucho -se disculpó Gao-. Debería haber elegido otro lugar.

– Como afirma nuestro antiguo sabio: «Ocho o nueve veces de cada diez, las cosas de este mundo saldrán mal» – respondió Liu con renovada ecuanimidad-. Nadie tiene la culpa.

Mientras volvía a escupir, Gao observó los pies de la mujer muerta que asomaban fuera de la manta. Unos pies blancos y hermosos, con las plantas arqueadas, los dedos bien formados y las uñas pintadas de rojo.

Entonces se fijo en los ojos vidriosos de una carpa muerta que flotaba en el cubo. Por un instante, tuvo la sensación de que el pez lo miraba impasible. Su vientre era de un blanco espectral y estaba hinchado.

– Nunca olvidaremos el día en que volvimos a encontrarnos -dijo Liu-.

CAPÍTULO 2

A las cuatro y media de aquel día el inspector jefe Chen Cao, responsable de la brigada de asuntos especiales de la División de Homicidios del Departamento de Policía de Shanghai, no sabía nada del caso.

Era un viernes por la tarde y hacía un calor sofocante.



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