De vez en cuando él oía cantar a las cigarras en un álamo frente a la ventana de su flamante piso de una habitación, en la primera planta de un edificio de ladrillos grises. Desde su ventana divisaba el denso tráfico que avanzaba lento por la calle Huaihai, aunque lo suficientemente lejos para evitar el ruido. El edificio estaba bien situado, cerca del centro del barrio de Luwan. A pie, tardaba menos de veinte minutos en llegar a la calle Nanjing, al norte, o al templo del dios protector de la ciudad, al sur, y en las claras noches de verano podía oler la brisa penetrante que llegaba desde las riberas del Huangpu.

El inspector jefe Chen tendría que haberse quedado en el despacho, pero se encontraba solo en su piso, ocupado en la solución de un problema. Recostado en un sofá de cuero, con las piernas estiradas sobre una silla giratoria de color gris, estudiaba una lista escrita en la primera página de una pequeña libreta. Garabateó unas cuantas palabras, las tachó y se puso a mirar por la ventana. Bajo la luz de la tarde, observó cómo una enorme grúa se recortaba contra el perfil de una obra, a una manzana de distancia. El bloque de pisos aún no estaba terminado.

El problema al que se enfrentaba el inspector jefe, a quien acababan de asignarle un piso, era su fiesta de inauguración. Conseguir un piso nuevo en Shanghai era una ocasión digna de celebrar. Él mismo estaba encantado. Presa de un impulso repentino, había enviado las invitaciones, y ahora se preguntaba cómo entretener a sus invitados. Como le había advertido su amigo Lu, alias Chino de ultramar, no bastaría con preparar una simple cena. Un acontecimiento como ése merecía un banquete especial.

Volvió a repasar la lista de invitados. Wang Feng, Lu Tonghao y su mujer Ruru, Zhou Kejia y su mujer Liping. Los Zhou ya habían llamado para avisar que tal vez no irían, porque debían asistir a una reunión en la Universidad Normal del Este de China. Aun así, más le valía estar preparado para dar de comer a todos.



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