Sonó el teléfono, instalado sobre el archivador. Se acercó y cogió el auricular.

– ¿Diga? Soy Chen.

– Felicidades, camarada inspector jefe Chen -dijo Lu-. Mmmh, desde aquí huelo los aromas exquisitos de tu nueva cocina.

– Espero que no llames para decir que vas a llegar tarde, Chino de ultramar. Sabes que cuento contigo.

– Por supuesto que vamos. Sólo que al pollo del mendigo todavía le quedan unos minutos en el horno. Te garantizo que comerás el mejor pollo de Shanghai. Cocinado únicamente con agujas de pino de las Montañas Amarillas. Ya verás qué sabor tan especial. No te preocupes, por nada del mundo nos perderíamos la fiesta de inauguración de tu piso. Eres un tipo con mucha suerte.

– Gracias.

– No te olvides de poner unas cuantas cervezas en la nevera, y los vasos también. Notarás la diferencia.

– Ya he puesto media docena de botellas Qingdao y Bud, y no pondré a calentar el vino de arroz Shaoxing hasta que lleguéis. ¿Te parece bien?

– Pues ahora puedes considerarte casi un gourmet. Tal vez lo seas. Desde luego, no se puede negar que aprendes rápido.

Típico de Lu. Al otro lado del teléfono, Chen percibía en la voz de su amigo el entusiasmo que se apoderaba de él cuando había una cena de por medio. Nunca hablaba más de unos minutos sin que llevara la conversación a su tema predilecto, la comida.

– Con el Chino de ultramar como maestro, algo tenía que hacer.

– Esta noche, después de la fiesta, te daré una nueva receta -anunció Lu-. ¡Qué suerte, camarada inspector jefe! Tus grandes ancestros habrán quemado varas de incienso al dios de la Fortuna, y también al de la Cocina.

– La verdad es que mi madre lleva tiempo quemando incienso, pero no sé a qué dios en particular.

– Yo sí lo sé, a Guanyin. Recuerdo que en una ocasión la vi postrarse ante una estatua de tierra cocida. Habrá sido hace más de diez años, y se lo pregunté.



9 из 441