
– No se me había ocurrido.
Myron miró la hora en su reloj de pulsera. Viernes. Las cinco de la tarde.
– Dudo que todavía haya alguien allí, pero nada perdemos con intentarlo. ¿Dispone de más de una línea telefónica?
– Sí.
– No llame por la que utilizó el secuestrador. No quiero que encuentre la línea ocupada en caso de que vuelva a llamar.
Ella asintió.
– De acuerdo.
– ¿Su hijo tiene tarjetas de crédito, o de cajero automático o algo por el estilo?
– Sí.
– Necesito una lista. Y los números, si los tiene.
Ella volvió a asentir.
– Voy a telefonear a un amigo -añadió Myron- para ver si puede instalar un identificador de llamadas en esta línea, para cuando el secuestrador vuelva a telefonear. Me figuro que Chad tendrá ordenador.
– Sí -respondió Linda Coldren.
– ¿Dónde está?
– Arriba, en su habitación.
– Voy a traspasar toda la información que contenga a mi oficina a través de su módem. Tengo una ayudante que se llama Esperanza. La estudiará a fondo; tal vez encuentre algo.
– ¿Algo como qué?
– Si le soy franco, no tengo la menor idea. Correo electrónico, servicios de noticias a los que esté suscrito… no sé, cualquier cosa que pueda suponer un indicio. No se trata de un procedimiento muy científico. Hay que comprobar cuanto esté en nuestra mano, y así tal vez demos con algo.
Linda meditó en ello por un instante.
– De acuerdo -concedió.
– ¿Y qué hay de usted, señora Coldren? ¿Tiene algún enemigo?
– Soy la jugadora de golf número uno del mundo -declaró ella con una sonrisa-. Eso me genera un montón de enemistades.
– ¿Alguien a quien crea capaz de hacer esto?
– No -respondió-. Nadie.
– ¿Y su marido? ¿Hay alguien que deteste lo bastante a su marido?
– ¿A Jack? -Linda forzó una risa entre dientes-. Todo el mundo adora a Jack.
