
– ¿Qué quiere decir?
Ella se limitó a menear la cabeza y se desentendió de Myron con un ademán.
Myron hizo unas cuantas preguntas más, pero ya le quedaba poco donde hurgar. Pidió permiso para subir a la habitación de Chad, y ella lo precedió por las escaleras.
Lo primero que Myron vio tras abrir la puerta del dormitorio de Chad fueron los trofeos. Había montones. Todos de golf. Todos coronados por una estatuilla de bronce que representaba a un hombre ejecutando un swing, con el palo de golf por encima del hombro y la cabeza erguida. Unas veces el hombrecillo llevaba una gorra de golf. Otras, el pelo corto y ondulado. Había dos bolsas de golf de piel en el rincón de la derecha, ambas repletas de palos. Los retratos de Jack Nicklaus, Arnold Palmer, Sam Snead y Tom Watson cubrían las paredes. Esparcidos por el suelo, varios ejemplares de Golf Digest.
– ¿Chad juega a golf? -preguntó Myron.
Linda Coldren lo miró sin decir palabra. Myron topó con su fija mirada y asintió solemnemente.
– En ocasiones mis facultades deductivas intimidan a ciertas personas -explicó.
Casi logró que sonriera.
– Procuraré no dejarme impresionar -dijo ella.
Myron dio un paso hacia los trofeos.
– ¿Es bueno?
– Muy bueno. -Linda se volvió bruscamente, dando la espalda a la habitación-. ¿Necesita algo más?
– Ahora mismo, no.
– Estaré abajo.
No esperó a que la bendijera.
Myron entró en la habitación. Comprobó el contestador automático del teléfono de Chad. Había tres mensajes. Dos de ellos eran de una chica llamada Becky. A juzgar por lo que oyó, se trataba de una buena amiga. Sólo llamaba para decir, bueno, hola, y ver si quería, bueno, hacer algo aquel fin de semana, ya sabes. Ella y Millie y Suze iban a, bueno, se pasarían por el Heritage, y si le apetecía verlas, bueno, pues ya sabes. Myron sonrió. Los tiempos estarían cambiando, pero aquellas palabras podía haberlas pronunciado una muchacha que hubiese ido al colegio con Myron, con su padre o con el padre de su padre.
