
—Bueno, ¿qué hacemos ahora? —dice el marido de Zoe.
—Podríamos ir a ver la Esfinge —murmura Zoe, revisando la guía—. O podríamos esperar y ver el espectáculo de Luz y Sonido.
—No —digo, pensando en lo que debe ser estar aquí en la oscuridad.
—¿Cómo sabes que no lo suspendieron también? —pregunta Lissa.
Zoe consulta el libro. —Hay dos espectáculos por día, a las siete y media y a las nueve de la noche.
—Eso mismo dijiste de las Pirámides —dice Lissa—. Yo creo que tenemos que volver al aeropuerto y recuperar el equipaje. Quiero ponerme mis otros zapatos.
—Yo creo que tenemos que volver al hotel —dice el marido de Lissa— y tomarnos un trago largo y fresco.
—Vamos a la tumba de Tutankhamón —dice Zoe—. “Está abierta todos los días, feriados inclusive”. —Levanta la vista, expectante.
—¿La tumba de Tutankhamón? —le digo—. ¿En el Valle de los Reyes?
—Sí —dice ella, y empieza a leer—. “Howard Carter la descubrió intacta en 1922. Contenía…”
Todos los pertrechos necesarios para el viaje del difunto al más allá, pienso: sandalias, ropa y “Egipto Fácil”.
—Preferiría tomarme algo —dice el marido de Lissa.
—Una siesta —dice el marido de Zoe—. Ustedes sigan. Nos encontraremos en el hotel.
—Creo que no tendrías que andar solo —le digo—. Creo que es mejor que no nos separemos.
—Si esperamos se llenará de gente —dice Zoe—. Yo voy a ir ahora. ¿Vienes, Lissa?
Lissa mira seductoramente a Neil. —Creo que no me conviene caminar tanto. Me está doliendo el tobillo otra vez.
Neil mira a Zoe, indefenso.
—Creo que nosotros dos no vamos.
—¿Y tú? —me dice el marido de Zoe—. ¿Vas a acompañar a Zoe o quieres venir con nosotros?
—En Atenas me dijiste que la muerte era igual en todas partes —le respondo— y yo te contesté “¿O sea?”. ¿Cómo piensas que es la muerte?
