
—No sé… inesperada, supongo. Y probablemente más desagradable que los mil demonios. —Se ríe, nervioso—. Si vamos a ir al hotel, lo mejor es salir ya. ¿Quién más viene?
Fantaseo con acompañarlos, con sentarme, a salvo, en el bar de un hotel con ventiladores de techo y palmeras, tomando zibib mientras esperamos. Eso es lo que hacía la gente del barco. Y quiero quedarme con Neil, a pesar de Lissa.
Miro la extensión de arena, hacia el este. No hay señales de El Cairo desde aquí, ni de la terminal, y a lo lejos veo un fugaz movimiento, como algo corriendo.
Meneo la cabeza. —Quiero ver la tumba de Tutankhamón. —Me acerco a Neil—. Creo que deberíamos ir con Zoe —le digo, y apoyo la mano en su brazo—. Después de todo, es nuestra guía.
Neil mira a Lissa con impotencia y después vuelve a mirarme a mí.
—No sé…
—Ustedes tres pueden volver al hotel —le digo a Lissa, indicando con un gesto a los otros hombres— y Zoe, Neil y yo podemos encontrarnos con ustedes allá después de visitar la tumba.
Neil se aleja de Lissa.
—¿Por qué no puedes ir tú sola con Zoe? —me susurra.
—Creo que no tenemos que separarnos —le digo—. Sería fácil perdernos el rastro.
—¿Por qué estás tan empecinada en ir con Zoe, además? —me pregunta Neil—. Me pareció oirte decir que odiabas que te llevaran constantemente de la nariz a todos lados.
Quiero contestarle “Porque ella tiene el libro”, pero Lissa se acerca y ahora nos observa, con los ojos brillantes detrás de los anteojos de sol.
—Siempre quise ver una tumba por dentro —digo.
—¿El Rey Tutankhamón? —dice Lissa—. ¿El del tesoro, los collares, el sarcófago de oro y demás? —Apoya la mano en el brazo de Neil—. Siempre quise ver eso.
—Bueno —dice Neil, aliviado—. Creo que iremos contigo, Zoe.
Zoe mira a su marido, expectante.
—Yo no —dice él—. Nos encontramos en el bar.
