
—¿En qué cámara están las cosas?
—¿Las cosas? —dice Zoe con incertidumbre, todavía revolviendo la cartera. Abre la guía—. ¿Las cosas? —vuelve a decir, y va al final del libro, como si quisiera buscar “Las Cosas” en el índice.
—Las cosas —dice Lissa, con un dejo de miedo en la voz—. Todos los muebles, los jarrones y las cosas que se llevaban con ellos. Dijiste que a los egipcios los enterraban con sus pertenencias.
—El tesoro de Tutankhamón —dice Neil, servicial.
—Ah, el tesoro —dice Zoe, aliviada—. Los objetos enterrados junto con Tutankhamón para el viaje al otro mundo. No están aquí. Están en El Cairo, en el museo.
—¿En El Cairo? —dice Lissa—. ¿Están en El Cairo? ¿Qué están haciendo allá?
—Estamos muertos —digo—. Unos terroristas árabes hicieron explotar el avión y nos mataron a todos.
—Me tomé el trabajo de venir hasta aquí porque quería ver el tesoro —dice Lissa.
—El ataúd sí está —dice Zoe para aplacarla— y también están las pinturas murales de la Antecámara —pero Lissa ya alejó a Neil de los escalones y está hablando seriamente con él—. Las pinturas murales representan las distintas etapas: el juicio del alma, el pesaje del alma, el recitado de la confesión del difunto —dice Zoe.
La confesión del difunto. No he robado los bienes de mi prójimo. No he hecho sufrir a nadie. No he cometido adulterio.
Lissa y Neil regresan. Lissa se apoya pesadamente en el brazo de Neil.
—Creo que nosotros obviaremos este asunto de la tumba —dice Neil, en tono de disculpa—. Queremos llegar al museo antes de que cierre. Lissa tenía la ilusión de ver el tesoro.
—“El Museo Egipcio está abierto de 9:00 de la mañana a 4:00 de la tarde, todos los días, excepto el viernes, cuando abre de 9:00 a 11:15 de la mañana y de 1:30 a 4:00 de la tarde” —dice Zoe, leyendo la guía—. “La entrada vale tres libras egipcias”.
