
Considero posibilidades más alegres.
—¿Y si no estamos yendo a El Cairo? —digo—. ¿Y si estamos muertos?
Zoe levanta la vista del libro, irritada.
—Ultimamente se han producido muchos atentados terroristas y estamos en Medio Oriente —continúo—. ¿Y si el último pozo de aire fue en realidad una bomba? ¿Y si esa bomba nos hizo explotar y ahora somos un montón de pedacitos flotando a la deriva en el Mar Egeo?
—Mediterráneo —dice Zoe—. Ya hemos sobrevolado Creta.
—¿Cómo lo sabes? —pregunto—. Mira por la ventanilla. —Señalo la ventanilla de Lissa, la uniforme blancura de afuera—. No se ve el agua. Podríamos estar en cualquier parte. O en ninguna parte.
Neil regresa con el vaso de agua. Se lo entrega a Lissa, junto con mi aspirina.
—Siempre revisan los aviones para ver si hay bombas, ¿verdad? —pregunta Lissa—. ¿No usan detectores de metales y esas cosas?
—Una vez vi una película —digo— donde todos estaban muertos, pero no lo sabían. Estaban en un barco y pensaban que iban a Norteamérica. Había tanta niebla que no se veía el agua. —Lissa mira nerviosamente por la ventanilla—. Era exactamente igual a un barco de verdad, pero poco a poco iban descubriendo ciertas cositas que no parecían normales. No había casi nadie a bordo y no había tripulación.
—¡Azafata! —llama el marido de Lissa, inclinándose hacia el pasillo por encima de Zoe—. Necesito otro ouzo
Sus gritos despiertan al marido de Zoe, que mira a su esposa y pestañea, confundido al ver que no está leyendo la guía.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—Estamos todos muertos —digo—. Fuimos asesinados por unos terroristas árabes. Pensamos que vamos rumbo a El Cairo pero en realidad vamos rumbo al Cielo. O al Infierno.
