Después de que lo mataran, el ejército me devolvió sus efectos personales, entre los que se encontraban mis cartas. No estaban todas -no habría podido conservarlas-, pero había guardado las más largas. Las llevé al descampado e hice una hoguera con ellas. Era un día ventoso, como tantos otros en esta costa oriental, de manera que las llamas, avivadas, chisporroteaban y cambiaban de dirección a merced del viento. Los chamuscados trozos de papel volaron y se arremolinaron alrededor de mi rostro como polillas negras, y el humo me irritó la nariz. Me extrañó, pues no era más que un pequeño fuego. Lo que intento explicar es por qué el padre Martin sugirió que escribiese esta historia. Pensó que escribir algo -lo que fuese- me ayudaría a volver a la vida. Es un buen hombre, quizás incluso un santo, pero hay muchas cosas que escapan a su entendimiento.

Me produce una sensación rara escribir este relato sin saber quién, si acaso alguien, lo leerá algún día. Tampoco sé si lo estoy redactando para mí o para un lector imaginario a quien todo lo relativo a Saint Anselm le resultaría novedoso o desconocido. De manera que tal vez debería hablar sobre el seminario; ambientar la escena, como quien dice. Lo fundó en 1861 una mujer piadosa llamada Agnes Arbuthnot, que quería asegurarse de que siempre hubiera «jóvenes devotos e instruidos ordenados en la Iglesia anglicana». He puesto comillas porque ésas fueron sus palabras textuales. Lo sé porque en la iglesia hay un folleto con la historia de la señorita Arbuthnot. Ella donó los edificios, la tierra, prácticamente todos los muebles y el dinero suficiente -o eso creyó- para mantener la escuela por un tiempo indefinido. Sin embargo, el dinero nunca es suficiente, y ahora Saint Anselm está financiado principalmente por la Iglesia. El padre Sebastian y el padre Martin temen que cierren el seminario. Nunca hablan sin reservas de ese temor, y mucho menos con el personal, pero todos lo sabemos. En una comunidad pequeña y aislada como la de Saint Anselm, las noticias y los chismorreos vuelan como si el viento los transportase en silencio.



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