
Además de donar la casa, la señorita Arbuthnot mandó construir los claustros norte y sur en la parte trasera con el fin de alojar a los estudiantes, además de una serie de habitaciones de huéspedes que comunican el claustro sur con la iglesia. También construyó cuatro casas para el personal a unos cien metros del seminario, situadas en semicírculo alrededor de un descampado. Les puso los nombres de los cuatro evangelistas. Yo ocupo la que está más al sur, San Mateo. Ruby Pilbeam, la cocinera y ama de llaves, y su marido, el encargado de mantenimiento, viven en San Marcos. El señor Gregory está en San Lucas, y en la casa del norte, San Juan, vive Eric Surtees, el ayudante del señor Pilbeam. Eric cría cerdos, aunque más como pasatiempo que para proveer de carne al seminario. Sólo estamos nosotros cuatro y unas asistentas de Reydon y Lowestoft que ayudan con la limpieza, pero como nunca hay más de veinte seminaristas y cuatro sacerdotes residentes, nos las arreglamos. No sería fácil encontrar sustituto para ninguno de nosotros. Este ventoso territorio sin pueblo, bares ni tiendas resulta demasiado aislado para la mayoría de la gente. Aunque a mí me gusta, a veces hasta yo lo encuentro temible y un poco siniestro. Cada año, el mar erosiona un poco más las arenosas paredes de los acantilados, y a veces, cuando contemplo el mar desde el borde del precipicio, imagino que una enorme ola se alza blanca y refulgente, y avanza hacia la orilla para romper contra las torres, la iglesia y las casas, arrastrándonos a todos. El viejo pueblo de Ballard’s Mere lleva siglos sumergido en el mar, y algunos dicen que en las noches ventosas se oye el repique ahogado de las campanas de las torres sepultadas. Lo que el mar no se llevó consigo lo destruyó un gran incendio en 1695. De la vieja aldea no queda ya nada, salvo la iglesia medieval que la señorita Arbuthnot mandó restaurar como parte del seminario y las dos precarias columnas de ladrillo de la fachada, el único vestigio de la casa solariega isabelina que allí se alzaba.
