
Será mejor que empiece a hablar de Ronald Treeves, el muchacho que murió. Al fin y al cabo, se supone que estoy escribiendo sobre su muerte. Antes de la vista, la policía, en un interrogatorio, me preguntó si lo conocía bien. Yo creo que lo conocía mejor que cualquiera de los que trabajan aquí, pero no lo dije. No podía contar gran cosa. No me pareció apropiado cotillear sobre los estudiantes. Sé que no era un joven popular, pero tampoco mencioné ese detalle. El problema es que no terminaba de encajar en este sitio, y supongo que él era consciente de ello. Para empezar, su padre era sir Alred Treeves, propietario de una importante fábrica de armamento, y a Ronald le gustaba recordarnos que era hijo de un hombre muy rico. Sus posesiones lo demostraban. Conducía un Porsche, mientras que los demás alumnos se conforman con coches más baratos…, cuando los tienen. También solía hablar de sus viajes a lugares remotos y caros que sus compañeros nunca podrían visitar, al menos en vacaciones.
Quizás esos detalles le habrían servido para adquirir popularidad en otros centros de enseñanza, pero aquí no. Todo el mundo se jacta de algo, digan lo que digan, y sin embargo aquí ese algo no es el dinero. Tampoco es la familia, aunque el hijo de un coadjutor disfruta de más privilegios que el de una estrella del pop. Creo que lo que de verdad les importa es la inteligencia… la inteligencia, el ingenio y el aspecto físico. Les gusta la gente capaz de hacerlos reír. Ronald no era tan listo como creía, y no le hacía gracia a nadie. Pensaban que era aburrido y, naturalmente, cuando se percató de ello se volvió aún más aburrido. No comenté nada de esto a la policía. ¿De qué habría servido? Estaba muerto. Ah, y creo que también era un poco fisgón; siempre quería enterarse de todo y no se cansaba de hacer preguntas.
