Cuando entró, alzaron la vista, pero no hubo breves inclinaciones de cabeza a modo de reconocimiento. Convertirse en un paciente era renunciar a una parte de uno mismo, ser recibido en un sistema que, por benigno que fuera, le robaba a uno sutilmente la iniciativa, casi la voluntad. Estaban todos sentados, pacientemente conformes, en sus mundos privados. Una mujer de mediana edad, con una niña sentada a su lado, miraba inexpresiva al vacío. La niña, aburrida, los ojos inquietos, se puso a golpetear suavemente con los pies la pata de la mesa hasta que la mujer, sin mirarla, tendió una mano de contención. Frente a ellas, un hombre joven, que por el traje que llevaba parecía la personificación de un financiero de la City, sacó el Financial Times del maletín y, tras desplegarlo con pericia de experto, concentró su atención en la página. Una mujer vestida a la moda se acercó en silencio a la mesa y examinó las revistas, y acto seguido, tras descartar la opción, volvió a su asiento junto a la ventana y siguió con la mirada fija en la calle desierta.

Rhoda no tuvo que esperar mucho rato. La misma joven que la había hecho pasar se le acercó y le comunicó discretamente que el señor Chandler-Powell podía atenderla. Siendo su especialidad la que era, la discreción evidentemente comenzaba en la sala de espera. La joven la acompañó a una habitación grande y luminosa situada al otro lado del vestíbulo. Las dos altas ventanas dobles que daban a la calle tenían puestas cortinas de hilo grueso y unos visillos casi transparentes que suavizaban el sol invernal. En cuanto a muebles o complementos, la estancia no tenía prácticamente nada de lo que ella habría esperado; era más un salón que un despacho. Un atractivo biombo lacado, decorado con una escena rural de prados, río y montañas lejanas, estaba colocado oblicuamente a la izquierda de la puerta. Sin duda era antiguo, tal vez del siglo XVIII. Quizá, pensó Rhoda, ocultaba un lavamanos, o incluso un sofá, aunque esto no parecía probable.



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