Al llegar a la puerta, examinó el panel de nombres. Había dos cirujanos y tres médicos, y el que ella esperaba ver estaba arriba. G.H. Chandler-Powell, FRCS, FRCS (plástico), MS -estas dos últimas letras correspondientes a Master of Surgery, Maestro en Cirugía, acreditativas de que un cirujano ha alcanzado la cima de la competencia y la reputación-. Maestro en Cirugía. Pensó que sonaba bien. Los cirujanos-barberos a quienes concedió sus licencias Enrique VIII se sorprenderían al saber lo lejos que habían llegado.

Abrió la puerta una joven de cara seria que lucía una bata blanca cortada para resaltar su silueta. Era atractiva pero no hasta el punto de desconcertar, y su breve sonrisa de bienvenida era más amenazante que afectuosa. Delegada de clase, jefa de patrulla exploradora, pensó Rhoda. En todos los sextos cursos había una.

La sala de espera a la que la hicieron pasar se ajustaba tanto a sus expectativas que por un momento tuvo la impresión de que ya había estado antes allí. El lugar conseguía alcanzar cierta opulencia aun sin contener nada de verdadera calidad. La gran mesa central de caoba, con sus ejemplares de Country Life y Horse and Hounds y las más distinguidas revistas de mujeres cuya pulcra alineación disuadía a uno de leerlas, era imponente pero no elegante. Las sillas variadas, unas de respaldo recto, otras más cómodas, parecían haber sido adquiridas en la liquidación de una casa de campo y a la vez haber sido muy poco utilizadas. Los cuadros de caza eran grandes y lo bastante mediocres para desanimar a los ladrones, y Rhoda dudó de si los dos jarrones de balaustre alto en la repisa de la chimenea eran auténticos.

Ninguno de los pacientes salvo ella daba ninguna pista sobre la habilidad concreta que requerirían. Como siempre, Rhoda fue capaz de observarlos discretamente sabiendo que no habría ojos curiosos que se fijaran en ella mucho rato.



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