
El señor Chandler-Powell estaba sentado a la mesa y, al entrar ella, se puso en pie y se acercó a estrecharle la mano indicándole una de las dos sillas. El contacto fue firme pero momentáneo, la mano fría. Rhoda creía que él llevaría un traje oscuro, pero vestía una elegante chaqueta de tweed gris pálido, de espléndido corte, que paradójicamente daba mayor impresión de formalidad. Situados uno enfrente del otro, ella veía un rostro huesudo, fuerte, con una larga boca móvil y unos brillantes ojos color avellana bajo unas cejas marcadas. El cabello castaño, arreglado y algo rebelde, estaba peinado sobre una frente alta, de modo que unos mechones le caían casi sobre el ojo derecho. La impresión inmediata que daba era de confianza, y ella lo reconoció al instante: una pátina que tenía algo que ver con el éxito, aunque no todo. Era diferente de la confianza con la que estaba familiarizada como periodista: celebridades, con los ojos siempre ávidos del siguiente fotógrafo, listas para adoptar la postura correcta; personas insignificantes que parecían saber que su notoriedad era un montaje de los medios de comunicación, una fama transitoria que sólo su desesperado autoconvencimiento podía mantener. El hombre que estaba delante de ella tenía la íntima convicción de alguien que se halla en lo más alto de su profesión, seguro, inviolable. También detectó una pizca de arrogancia no del todo disimulada, pero se dijo a sí misma que esto podía ser un prejuicio. Maestro en Cirugía. Bueno, encajaba bien en el papel.
