– Señorita Gradwyn, viene usted sin una carta de su médico de cabecera. -Quedó establecido como un hecho, no como un reproche. Su voz era profunda y atractiva, pero con un rastro de acento que ella no supo identificar y que no esperaba.

– Me pareció una pérdida de tiempo, para él y para mí. Me inscribí en la consulta del doctor Macintyre hace unos ocho años como paciente del Servicio Nacional de Salud y nunca he necesitado consultarle a él ni a ninguno de sus colegas. Sólo voy dos veces al año a que me tomen la presión. Y esto normalmente lo hace la enfermera.

– Conozco al doctor Macintyre. Hablaré de esto con él.

Sin decir nada más, se le acercó y giró la lámpara de mesa para que su brillante haz de luz le diera en plena cara. Sus dedos eran fríos mientras tocaban la piel de cada mejilla, pellizcándola y haciendo pliegues. El tacto era tan impersonal que parecía un insulto. Rhoda se preguntó por qué el hombre no había desaparecido tras el biombo para lavarse las manos, aunque quizá, si lo consideró necesario en esta cita preliminar, lo había hecho antes de entrar ella en la habitación. Hubo un momento en que, sin tocar la cicatriz, el médico la inspeccionó en silencio. Luego apagó la luz y volvió a sentarse. Con los ojos puestos en el expediente que tenía delante, dijo:

– ¿Cuánto tiempo hace de esto?

Ella se sobresaltó al oír la frase.

– Treinta y cuatro años.

– ¿Cómo ocurrió?

– ¿Es necesario responder a esta pregunta? -dijo ella.

– No, a menos que la herida fuera autoinfligida. Presumo que no lo fue.

– No, no fue autoinfligida.

– Y ha esperado usted treinta y cuatro años a hacer algo al respecto. ¿Por qué ahora, señorita Gradwyn?



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