Era su físico, sospechaba ella, lo que había ayudado a Robin Boyton a conseguir plaza en la escuela de arte dramático, sus primeros contratos, su breve aparición en una serie de televisión que prometía mucho pero duró sólo tres episodios. Nada duraba mucho. Incluso el director o el productor más indulgente o más favorablemente predispuesto acababan frustrados por los papeles que Robin no se aprendía o los ensayos a los que no asistía. Cuando fallaba la actuación, Robin aplicaba numerosas iniciativas imaginativas, algunas de las cuales habrían tenido éxito si su entusiasmo hubiera durado más de seis meses. Rhoda se había resistido a las lisonjas de Robin para que invirtiera en alguna de ellas, y él había aceptado las negativas sin resentimiento. Sin embargo, las negativas no evitaban que lo intentara de nuevo.

Mientras se acercaba a la mesa, él se levantó y, sosteniéndole la mano, la besó con decoro en la mejilla. Rhoda advirtió que la botella de Meursault, que desde luego pagaría ella, ya estaba en el cubo de hielo, consumido un tercio de la misma.

– Un placer volver a verte, Rhoda. ¿Cómo te ha ido con el gran George?

Nunca utilizaban expresiones de cariño. Una vez él la llamó querida, pero no se había atrevido a volver a usar la palabra.

– ¿El gran George? -dijo ella-. ¿Es así como llaman a Chandler-Powell en la Mansión Cheverell?

– No en su presencia. Pareces muy tranquila después de la dura prueba, pero claro, siempre es así. ¿Qué ha pasado? Estaba aquí sentado lleno de ansiedad.

– No ha pasado nada. Me ha visto. Me ha mirado la cara. Hemos fijado una fecha.

– ¿Qué te ha parecido George? Suele causar impresión.

– Su aspecto es imponente. No he estado con él el tiempo suficiente para evaluar su personalidad. Me ha parecido competente. ¿Has pedido ya?



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