
A un montón de jóvenes, bueno, sobre todo hombres y no sólo ricos, les preocupa no saber qué ponerse en determinadas ocasiones, qué hacer si invitan a una chica a un buen restaurante por primera vez. No están seguros de cómo comportarse con los demás, de cómo causar buena impresión al jefe. Jeremy tiene una casa en Maida Vale que compró con el dinero que le dejó una tía rica, así que la estamos utilizando en este momento. Debemos ser discretos, por supuesto. Jeremy no está seguro de si podemos usarla legalmente para un negocio. Vivimos con miedo a los vecinos. Una de las habitaciones de la planta baja está acondicionada como restaurante en el que ensayamos. Al cabo de un tiempo, cuando ya tienen más confianza, llevamos a los clientes a un restaurante de verdad. No a sitios como éste sino a otros no demasiado populares que nos hacen precios especiales. Pagan los clientes, naturalmente. Nos va bastante bien y el negocio está creciendo, pero necesitamos otra casa, o al menos un piso. Jeremy está harto de renunciar prácticamente a su planta baja y de que aparezcan estos tipos raros cuando él quiere agasajar a sus amigos. Y luego está la oficina. Ha tenido que adaptar uno de los dormitorios. Se lleva el setenta y cinco por ciento de los beneficios debido a la casa, pero sé que piensa que ya es hora de que yo le pague mi parte. Como es lógico no podemos utilizar mi piso. Ya sabes cómo es, no tiene precisamente el ambiente que estamos buscando. En todo caso, creo que no me quedaré allí mucho tiempo. El dueño se está volviendo muy poco servicial. En cuanto tengamos otra dirección haremos grandes progresos. Bueno, ¿qué piensas, Rhoda? ¿Te interesa?
– Me interesa oír hablar de ello. No me interesa aportar dinero. Pero podría salir bien. Es más razonable que la mayoría de tus entusiasmos anteriores. En cualquier caso, buena suerte.
– O sea, la respuesta es no.
– La respuesta es no -dijo Rhoda, que añadió sin pensar-: Debes esperar a mi testamento. Prefiero hacer las obras de beneficencia después de muerta. Es más fácil contemplar el desembolso de dinero cuando uno ya no lo necesita para nada.