
Eran las ocho y media y estaba en el cuarto de baño. Cerró la ducha, y envuelta en una toalla se dirigió al espejo del lavabo. Alargó la mano y la pasó por el cristal empañado y vio aparecer su cara, pálida y anónima como una pintura emborronada. Hacía meses que no se tocaba la cicatriz a propósito. Ahora pasó lenta y delicadamente por ella la punta del dedo, notando el brillo plateado en su centro, el duro perfil irregular del borde. Colocándose la mano izquierda en la mejilla, intentó imaginar a la desconocida que, en el espacio de unas semanas, se miraría en el mismo espejo y vería un doble de sí misma, aunque incompleto, sin marcas, quizá sólo con una fina línea blanca para mostrar el lugar donde había estado esa grieta arrugada. Mientras contemplaba la imagen que no parecía más que un vago palimpsesto de su antiguo yo, comenzó de manera lenta y pausada a derribar sus cuidadosamente construidas defensas y dejar que el turbulento pasado, primero como un torrente impetuoso y luego como un río crecido, irrumpiera sin encontrar resistencia para apoderarse de su mente.
2
Estaba de nuevo en la pequeña habitación trasera, cocina y sala de estar a la vez, en la que ella y sus padres mentían en connivencia y soportaban su exilio voluntario de la vida. La habitación delantera, con su ventana salediza, era para ocasiones especiales, fiestas familiares que nunca se celebraban y visitas que nunca aparecían, su silencio olía levemente a cera para muebles perfumada de lavanda y a aire viciado, un aire tan siniestro que ella procuraba no aspirarlo nunca. Era la única hija de una madre asustada e ineficiente y de un padre borracho.
