Así es como se había definido a sí misma durante más de treinta años y como aún se definía. Su infancia y su adolescencia habían estado marcadas por la vergüenza y la culpa. Los arranques periódicos de violencia de su padre eran impredecibles. Ella no podía traer a casa tranquilamente a amigos de la escuela, no organizaban fiestas de cumpleaños o de Navidad, y como no mandaban nunca invitaciones, tampoco las recibían. El instituto de secundaria al que fue era sólo para chicas, y las amistades entre ellas eran estrechas. Un signo especial de aceptación era ser invitada a pasar la noche en casa de una amiga. Pero en el 239 de Laburnum Grove no durmió jamás ningún invitado. El aislamiento no le preocupaba. Se sabía más inteligente que sus camaradas y fue capaz de convencerse de que no necesitaba ninguna compañía que resultaría ser intelectualmente insatisfactoria y que además nunca le sería ofrecida.

Eran las once y media de un viernes, la noche en que su padre recibía la paga, el peor día de la semana. Oyó el temido, brusco portazo de la puerta de la calle. El entró dando traspiés, y ella vio a su madre ponerse delante del sillón, algo que Rhoda sabía que despertaría la furia de su padre. Porque ése tenía que ser el sillón de su padre. El lo había escogido, lo había pagado, y lo habían traído esa mañana. Sólo después de que se hubiera ido la furgoneta descubrió la madre que era del color equivocado. Deberían haberlo cambiado, pero no hubo tiempo antes de que cerrara la tienda. Rhoda sabía que la voz quejumbrosa, de disculpa, lloriqueante de su madre lo enfurecería, que su propia presencia huraña no ayudaría a ninguno de los dos, pero no podía irse a la cama. El sonido de lo que pasaría debajo de su habitación sería más aterrador que formar parte de ello. Y ahora él llenaba la estancia, su cuerpo torpe, su hedor. Oyendo sus bramidos de indignación, su perorata, Rhoda sintió un súbito acceso de furia, acompañada de coraje. Se oyó decir:

– No es culpa de mamá. Cuando el hombre se ha marchado, el sillón aún estaba envuelto. Ella no podía saber que era de otro color. Tendrán que cambiarlo.



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