Entonces la emprendió con ella. Rhoda no recordaba las palabras. Quizás en aquel momento no sonaron palabras, o ella no las oyó. Sólo hubo el crujido de una botella rota, como el disparo de una pistola, la peste a whisky, un momento de dolor punzante que pasó casi en cuanto lo notó, la cálida sangre que fluyó de su mejilla, goteando en el asiento del sillón, y el angustiado grito de la madre.

– Oh, Dios mío, mira lo que has hecho, Rhoda. ¡La sangre! Ahora ya no se lo llevarán. No nos lo cambiarán.

Su padre le dirigió una mirada antes de salir a trompicones y arrastrarse a la cama. En los segundos en que se cruzaron sus miradas, a ella le pareció que veía una confusión de emociones: desconcierto, horror e incredulidad. Entonces la madre por fin prestó atención a su hija. Rhoda había estado intentando mantener juntos los bordes de la herida, con las manos pegajosas de sangre. La madre fue en busca de toallas y un paquete de tiritas, que trató de abrir con manos temblorosas, mientras sus lágrimas se mezclaban con la sangre. Rhoda le cogió cuidadosamente el paquete, quitó la protección de las tiritas y al fin se las arregló para cerrar la mayor parte de la herida. Al rato, menos de una hora después, se hallaba tumbada rígidamente en la cama, la hemorragia estaba restañada y el futuro planificado. Nunca habría visita al médico ni explicación veraz; no asistiría a la escuela durante uno o dos días, su madre llamaría diciendo que se encontraba mal. Y cuando volviera a ir, su historia estaría preparada: había chocado con el canto de la puerta abierta de la cocina.

Y ahora el afilado recuerdo de ese momento único y despiadado se suavizó y se convirtió en los recuerdos más triviales de los años siguientes. La herida, que se infectó gravemente, sanó despacio y con dolor, pero ni el padre ni la madre hablaron nunca de ello.



6 из 410