A él siempre le costaba mirarla a los ojos; ahora casi nunca se le acercaba. Sus compañeras de clase apartaban la mirada, pero a ella le parecía que el miedo había sustituido a la aversión activa. En el instituto nadie mencionó nunca la desfiguración en su presencia hasta que estuvo en sexto curso y un día, hablando con su profesora de inglés, ésta intentó convencerla de que fuera a Cambridge -su propia universidad- y no a Londres. Sin levantar la vista de sus papeles, la señorita Farrell dijo: «Rhoda, en cuanto a tu cicatriz facial, es maravilloso lo que llegan a hacer los cirujanos plásticos. Quizá sería sensato pedir hora de visita con tu médico de cabecera antes de que empieces la carrera.» Sus miradas se cruzaron, y ante la ultrajada rebeldía que expresaban los ojos de Rhoda, la señorita Farrell se encogió en la silla y se concentró de nuevo en sus papeles mientras su rostro se cubría de un inflamado sarpullido escarlata.

Empezó a ser tratada con respeto cauteloso. No le preocupaban el respeto ni la aversión. Tenía su vida privada, un interés en averiguar qué ocultaban los demás, en hacer descubrimientos. Investigar los secretos de otras personas fue una obsesión durante toda su vida, el sustrato y la dirección de su actividad. Se convirtió en una acechadora de mentes. Dieciocho años después de abandonar Silford Green, el barrio se vio conmocionado por un crimen muy célebre. Ella había estudiado las granulosas fotos de la víctima y el asesino en los periódicos sin especial interés. El asesino confesó en cuestión de días, se lo llevaron y el caso quedó cerrado. Como periodista de investigación, cada vez con más éxito, estaba menos interesada en la breve notoriedad de Silford Green que en sus más sutiles, lucrativas y fascinantes líneas de investigación.

Se fue de casa el día de su decimosexto cumpleaños y alquiló una habitación amueblada en el distrito contiguo de las afueras. Hasta su muerte, su padre le estuvo mandando cada semana un billete de cinco libras.



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