Ella nunca acusaba recibo, pero cogía el dinero porque lo necesitaba para complementar lo que ganaba por las noches y los fines de semana como camarera, diciéndose a sí misma que seguramente era menos de lo que habría costado su comida en casa. Cuando, cinco años después, con un sobresaliente en Historia y ya instalada en su primer empleo, su madre la telefoneó para decirle que su padre había muerto, notó una ausencia de emoción que paradójicamente parecía más fuerte y más fastidiosa que la pena. Lo habían encontrado ahogado en un riachuelo de Essex de cuyo nombre ella nunca se acordaba, con un nivel de alcohol en la sangre que revelaba su estado de embriaguez. Como cabía esperar, el veredicto del juez de instrucción fue de muerte accidental, y en opinión de Rhoda seguramente acertaba. Era lo que ella esperaba. No sin un leve atisbo de vergüenza, se dijo a sí misma que el suicidio habría sido un juicio final demasiado memorable y racional para una vida tan inútil.

3

La carrera del taxi fue más rápida de lo que había pensado. Llegaba a Harley Street demasiado temprano y pidió al conductor que se detuviera en el extremo de Marylebone Road, desde donde iría andando a la cita. Como en las raras ocasiones en que había hecho lo mismo, quedó sorprendida por la calle vacía, la misteriosa calma que se cernía sobre esas tradicionales casas del siglo XVIII. Casi todas las puertas tenían una placa de latón con una lista de nombres que confirmaban lo que seguramente sabía todo londinense, que se trataba del centro de la experiencia y los conocimientos médicos. Tras esas relucientes puertas y esas ventanas con discretas cortinas, habría pacientes esperando en diversas fases de ansiedad, aprensión, esperanza o desespero, aunque pocas veces vio a alguien entrar o salir. Iban y venían los ocasionales proveedores o mensajeros, pero por lo demás la calle podía haber sido un plato vacío esperando la llegada del director, el cámara y los actores.



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