Fuera, en la laguna, pasó un bote petardeando y levantando en el canal una ondulación que volvió a empujar el cadáver hacia la pared del embarcadero.

Cuando el reloj dio las cinco, en una de las casas que bordeaban el canal frente al campo una mujer abrió los postigos verde oscuro de su cocina y se volvió a bajar la llama del gas de la cafetera. Medio dormida todavía, puso azúcar en una taza, apagó el gas con un diestro movimiento de la muñeca y echó un grueso chorro de café en la taza. Con ella entre las manos, volvió a la ventana abierta y, como había venido haciendo durante décadas, miró la gigantesca estatua ecuestre de Colleoni, antaño el más temible de los generales venecianos y ahora un vecino más. Éste era para Bianca Pianaro el momento más tranquilo del día, y Colleoni, fundido en un eterno silencio de bronce desde hacía siglos, era la compañía ideal para este precioso cuarto de hora de secreta quietud.

La mujer saboreaba a pequeños sorbos el café, cargado y caliente, observando las palomas que ya habían empezado a picotear alrededor de la estatua. Se asomó a mirar el pequeño bote de su marido que oscilaba en el agua verde oscuro al pie de la ventana. Había llovido por la noche y quería comprobar si la cubierta de lona estaba bien puesta. Si el viento la había soltado, Nino tendría que bajar a achicar el agua antes de ir a trabajar. Estiró el cuello para ver bien la proa.

Al principio pensó que era una bolsa de basura que la marea nocturna se habría llevado del muelle. Pero era muy simétrica, rectangular, con un asa a cada lado de un tronco central, como si fuera…

– Oh, Dio -jadeó la mujer, dejando caer la taza al agua cerca del extraño bulto que flotaba en el canal, boca abajo-. Nino, Nino -gritó mientras iba hacia el dormitorio-, en el canal hay un cadáver.



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