Las mismas palabras, «En el canal hay un cadáver», despertaron a Guido Brunetti veinte minutos después. Se volvió del lado izquierdo, metiendo el teléfono en la cama.

– ¿Dónde?

– En Santi Giovanni e Paolo. Delante del hospital, comisario -respondió el policía, que le había llamado nada más recibirse el aviso en la questura.

– ¿Qué ha ocurrido? ¿Quién lo ha encontrado? -preguntó Brunetti, ya sentado en la cama y con los pies en el suelo.

– No lo sé, señor. Nos ha llamado un tal Pianaro.

– ¿Y se puede saber por qué me llama a mí? -preguntó Brunetti sin disimular la irritación, provocada por los números luminosos que acababa de ver en el despertador: 5:31-. ¿Qué les ha pasado a los del turno de noche? ¿No hay nadie de servicio?

– Todos se han ido a casa. He llamado a Bozzetti, pero su esposa me ha dicho que aún no ha llegado. -La voz del joven policía se hacía más insegura por momentos-. Le llamo a usted, señor, porque como tiene el turno de día… -En efecto, y no entraba de servicio hasta dentro de dos horas y media, recordó Brunetti. Pero no dijo nada.

– Comisario, ¿me oye, señor?

– Le oigo, sí. Es que son las cinco y media.

– Sí, señor; ya lo sé -asintió el joven con un hilo de voz-. Pero no he podido hablar con nadie más.

– Está bien, está bien, ya voy. Envíeme una lancha. Ahora mismo. -Entonces, recordando la hora y la circunstancia de que los del turno de noche ya se habían ido a casa, preguntó-: ¿Hay alguien que pueda pilotarla?

– Sí, señor. Bonsuan acaba de llegar. ¿Le envío a él?

– Sí, ahora mismo. Y llame a todos los del turno de día. Que se reúnan conmigo allí.

– Sí, señor -respondió el joven, con audible alivio por haber encontrado a alguien que asumiera la responsabilidad.

– Llame también al doctor Rizzardi. Dígale que vaya lo antes posible.



3 из 263