
– Sí, señor. ¿Algo más?
– Nada más. Pero envíeme la lancha ahora mismo. Y diga a los demás que, si llegan antes que yo, acordonen la zona. Que nadie se acerque al cadáver. -En ese preciso instante, mientras ellos hablaban, ¿cuántos indicios no estarían siendo destruidos, colillas arrojadas al suelo, zapatos que pisoteaban la acera? Sin añadir palabra, Brunetti colgó el teléfono.
En la cama, a su lado, Paola se movió y le miró con un ojo, cubriéndose el otro con un brazo desnudo para protegerlo de la invasión de la luz. Hizo un ruido que tras una larga experiencia el comisario había aprendido a interpretar como una pregunta.
– Un cadáver. En un canal. Ahora vienen a recogerme. Ya te llamaré. -El nuevo ruido con que ella recibió la información era afirmativo. Se puso boca abajo y se quedó dormida inmediatamente; sin duda, era la única persona de toda la ciudad a la que dejaba indiferente que un cadáver apareciera flotando en un canal.
Brunetti se vistió rápidamente, decidió no perder tiempo en afeitarse y fue a la cocina, a ver si había tiempo para un café. Levantó la tapa de la Moka Express y vio que quedaban dos dedos de café de la noche anterior. Aunque detestaba el café recalentado, lo echó en un perol, lo puso sobre la llama alta y esperó a que hirviera. Luego, sirvió el casi viscoso brebaje en una taza, puso tres terrones de azúcar y se lo bebió de un trago.
Sonó el timbre que anunciaba la llegada de la lancha de la policía. Brunetti miró su reloj: las seis menos ocho. Debía de ser Bonsuan; nadie más era capaz de traer la lancha con tanta rapidez. Sacó una chaqueta de lana del armario del recibidor. La mañana de septiembre podía ser fresca, y siempre cabía esperar que hiciera viento en Santi Giovani e Paolo, que quedaba muy cerca de las aguas abiertas de la laguna.
Al pie de los cinco tramos de escaleras, Brunetti abrió la puerta de la calle y encontró a Pucetti, un joven agente que llevaba menos de cinco meses en la policía.
