
Bueno, ahí se acabó el uso de la cadena de Jason. Me agaché para recoger el cuchillo de Mack y lo sostuve como si supiera usarlo. Denise había estado avanzando, con todo el aspecto de una bruja sureña bajo las líneas de luz y sombra que proyectaban las farolas del estacionamiento. Se detuvo en seco en cuanto vio que yo tenía el cuchillo. Soltó un taco, bramó y dijo cosas terribles. Esperé a que terminara y entonces dije:
– Largaos. Ya.
Denise me miró con ojos llenos de odio. Trató de llevarse los frascos de sangre, pero la obligué a dejarlos allí, así que ayudó a Mack a ponerse en pie. Él aún tosía y emitía sonidos borboteantes mientras agarraba la cadena. Denise lo arrastró prácticamente hasta el coche y lo introdujo por la puerta del copiloto. Rebuscó entonces algunas llaves en el bolsillo y se colocó en el asiento del conductor.
Al oír que el motor cobraba vida, de repente me di cuenta de que ahora los Ratas tenían otra arma. Con más velocidad de la que nunca he sido capaz, corrí hasta quedar junto a la cabeza del vampiro y le dije con voz entrecortada:
– ¡Empuja con los pies!
Lo agarré por debajo de los brazos y tiré de él con todas mis fuerzas. Llegamos a la linde de los árboles justo cuando el coche se abalanzaba rugiendo hacia nosotros. Denise no nos dio por menos de un metro, yeso porque tuvo que girar para no chocarse contra un pino. Después escuché el potente motor del coche de los Ratas alejarse en la distancia.
– Oh, guau -dije con un suspiro. Me arrodillé junto al vampiro porque las piernas se negaban a sostenerme por más tiempo. Respiré con pesadez durante un minuto, tratando de recuperarme. El vampiro se agitó levemente y lo miré. Descubrí horrorizada que surgían volutas de humo de sus muñecas, en las zonas que entraban en contacto con la plata.
