– Oh, pobrecito-dije, furiosa conmigo misma por no ocuparme de él cuanto antes. Aún esforzándome por recuperar el aliento, comencé a soltar las finas tiras de plata, que parecían pertenecer a una cadena muy larga-. Pobre pequeño-susurré, sin darme cuenta hasta mucho más tarde de lo incongruente que sonaba aquello. Poseo dedos ágiles, y muy pronto le liberé las muñecas. Me pregunté cómo habrían podido distraerlo los Ratas para colocarse en posición de atacarlo, y noté que me sonrojaba al imaginármelo.

El vampiro se llevó los brazos al pecho mientras yo me enfrascaba con la plata que le rodeaba las piernas. Sus tobillos lo habían pasado mejor, ya que los drenadores no se habían molestado en subirle las perneras de los vaqueros y, por lo tanto, la plata no apretaba la piel desnuda.

– Lamento no haber llegado antes-dije, disculpándome-. Te sentirás mejoren un minuto, ¿verdad? ¿Quieres queme vaya?

– No. -Eso me hizo sentirme muy a gusto hasta que añadió-: Podrían volver, y aún no puedo defenderme-su voz sonaba intranquila, pero no se puede decir que estuviera resollando.

Le puse mala cara, y mientras se recuperaba tomé algunas precauciones. Me senté dándole la espalda, para concederle algo de intimidad. Sé lo desagradable que es que te miren cuando estás herido. Me agaché sobre el pavimento, vigilando el estacionamiento. Varios coches se fueron y otros llegaron, pero ninguno se acercó hasta el extremo junto a los árboles, donde estábamos nosotros. Gracias al temblor de aire a mi alrededor, supe cuándo se levantó el vampiro.

No habló de inmediato. Giré la cara hacia la izquierda para mirarlo; estaba más cerca de lo que creía. Sus grandes ojos oscuros miraban al interior de los míos. Tenía los colmillos retraídos; me sentí un poco defraudada por ello.



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