Adele Hale Stackhouse, mi abuela, se recostaba en su alta cama, con un millón de almohadas rodeando sus flacos hombros. Vestía un camisón de algodón de largas mangas, a pesar del calor de aquella noche de primavera, y la lámpara de la mesita aún estaba encendida. Un libro descansaba sobre su regazo.

– Hola-dije.

– Hola' cielo.

Mi abuela es muy pequeña y muy vieja, pero sigue conservando el pelo fuerte, tan blanco que casi muestra unos debilísimos matices verdes. Durante el día lo lleva recogido a la altura del cuello, pero de noche se lo deja suelto o en trenzas. Miré la portada del libro.

– ¿Estás leyendo a Danielle Steele otra vez?

– Oh, esa mujer sí que sabe contar una historia. -Los grandes placeres de mi abuela eran leer a Danielle Steele, ver teleseries (que ella llamaba sus "historias") y asistir a las reuniones del millar de clubes a los que, al parecer, había pertenecido durante toda su vida adulta. Sus favoritos eran los Descendientes de los Muertos Gloriosos y la Sociedad Botánica de Bon Temps.

– Adivina lo que ha pasado esta noche -dije.

– ¿El qué? ¿Has tenido una cita?

– No -respondí, tratando de mantener una sonrisa en la cara-. Un vampiro ha venido al bar.

– ¡Ooh! ¿Tenía colmillos?

Había visto sus colmillos brillar bajo las luces del estacionamiento, mientras los Ratas lo desangraban, pero no había necesidad de explicarle eso a la abuela.

– Claro, pero estaban retraídos.



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