
Y encima no dejaban propina.
Sam llenó un vaso con el tinto de la casa y lo puso encima de la bandeja mientras observaba de reojo la mesa del vampiro. Cuando me devolvió la mirada, tuve claro que él también sabía que nuestro nuevo cliente era un no-muerto. Los ojos de Sam también son azules, pero de un azul a lo Paul Newman, mientras que los míos son de un azul grisáceo, neblinoso. Sam también es rubio, pero con el pelo áspero, y de hecho no es del todo rubio, sino de una especie de dorado al rojo vivo. Siempre está algo quemado por el sol y, aunque parece enjuto con esas ropas, lo he visto descargar camiones con el pecho descubierto y tiene fuerza de sobra en el torso. Nunca escucho sus pensamientos; es mi jefe, y en el pasado ya he tenido que dejar más de un trabajo por descubrir cosas de mis jefes que hubiera preferido no conocer.
Pero Sam no hizo ningún comentario, se limitó a entregarme el vino. Miré el vaso para asegurarme de que estuviera bien limpio y regresé a la mesa del vampiro.
– Su vino, señor-dije ceremoniosamente, antes de colocarlo con cuidado sobre la mesa, justo delante de él. Me volvió a mirar y yo contemplé todo lo que pude sus adorables ojos-. Que le aproveche -añadí con satisfacción. Detrás, Mack Rattray gritó.
– ¡Eh, Sookie, aquí necesitamos otra jarra de cerveza!
Suspiré y me volví para cogerla jarra vacía de la mesa de los Ratas. Me fijé en que Denise estaba en buena forma esa noche: vestía un top sin mangas y unos pantalones muy cortos, y su mata de pelo castaño formaba una maraña a la moda. Denise no era realmente guapa, pero sí tan ostentosa y segura de sí misma que uno tardaba un tiempo en darse cuenta de lo escaso de su belleza.
Un ratito después, observé para mi decepción que los Rattray se habían trasladado a la mesa del vampiro y estaban charlando con él. Pude comprobar que él no respondía demasiado a menudo, pero tampoco se marchaba.
