Se suponía que la sangre de vampiro aliviaba de forma temporal los síntomas de las enfermedades y aumentaba el vigor sexual, una especie de cortisona y viagra todo en uno, y había un enorme mercado negro para la sangre vampírica genuina y sin diluir. Llevaba un par de años siendo la droga de moda, y aunque algunos consumidores se volvían locos después de beber sangre pura de vampiro, eso no frenaba el mercado. Y donde hay mercado, hay proveedores; en este caso, como acababa de descubrir, la repugnante Pareja Rata. Ya habían atrapado antes a otros vampiros y los habían drenado, vendiendo las pequeñas redomas de sangre hasta por doscientos dólares cada una.

Como regla general, un vampiro desangrado no dura mucho. Los drenadores abandonan a los no-muertos atravesados con una estaca, o simplemente los tiran al aire libre. Cuando sale el sol, se acabó. De vez en cuando se leen historias de un vampiro que ha logrado volver las tornas, y entonces se obtienen unos drenadores muertos.

Y en ese momento mi vampiro se levantó y se marchó con los Ratas. Mack cruzó su mirada conmigo y comprobé que se sorprendía ante la expresión de mi rostro. Pero de inmediato se alejó, pasando de mí como todo el mundo.

Eso me enfureció, me enfureció mucho.

¿Qué debía hacer? Mientras luchaba conmigo misma, salieron por la puerta. ¿Me creería el vampiro si corría detrás de ellos y se lo contaba? Desde luego, nadie más lo haría, y aunque me creyeran, también me odiarían y me tendrían miedo por leer los pensamientos encerrados en el cerebro de los demás. Arlene me había rogado que leyera la mente de su cuarto marido cuando vino a recogerla una noche, porque estaba casi segura de que planeaba abandonarlos a ella y a los críos, pero no lo hice porque quería conservar la única amiga que tenía. Y ni siquiera Arlene se había atrevido a pedírmelo directamente, porque eso supondría admitir que yo poseía este don, esta maldición. La gente no puede admitirlo. Prefieren creer que estoy loca, ¡lo que en ocasiones casi es cierto!



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