Así que salí por la puerta de atrás, tratando de que mis pies no hicieran ruido sobre la gravilla. El estacionamiento para empleados está detrás del bar, accesible a través de una puerta que lleva al almacén. Allí estaba el coche del cocinero, así como el de Arlene, el de Dawn y el mío. A mi derecha, que quedaba al este, estaba la camioneta de Sam y detrás su caravana.

Me alejé del estacionamiento de grava para empleados hacia el asfalto que cubría el de clientes, mucho más grande y situado al oeste del bar. Los árboles rodeaban el claro en el que se alzaba Merlotte's, y las lindes del lugar eran sobre todo arenisca. Sam lo mantenía bien iluminado, y el resplandor surrealista de las altas farolas hacía que todo cobrara un aire extraño.

Descubrí el abollado deportivo rojo de la Pareja Rata, así que supe que andaban cerca. Al fin encontré la camioneta de Jason: negra, con unos remolinos de colores rosa y celeste dibujados en los laterales. Sin duda, adoraba llamar la atención. Me impulsé hacia arriba por la parte trasera y rebusqué por el piso hasta encontrar su cadena, una serie de eslabones gruesos que siempre llevaba por si había pelea. La enrollé y me la llevé pegada al cuerpo, de modo que no tintineara.

Medité durante un segundo. El único lugar mínimamente privado al que podrían haber atraído al vampiro los Rattray era el fondo del estacionamiento, donde los árboles llegan a taparlos coches. Así que me arrastré en esa dirección, tratando de moverme con rapidez pero sin que me vieran.

Me detenía cada pocos segundos para escuchar. Pronto oí un gemido y el débil ruido de voces. Me deslicé entre los coches y los descubrí justo donde pensaba que estarían. El vampiro estaba tirado en el suelo, boca arriba, con el rostro contorsionado por el dolor. El brillo de las cadenas cruzaba sus muñecas y bajaba hasta sus tobillos: plata. Ya había dos frasquitos llenos de sangre en el suelo, junto a los pies de Denise, y mientras los miraba ella ajustó un nuevo tubo a la aguja. El torniquete que le habían colocado por encima del codo se clavaba profundamente en la piel de su víctima.



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