Según se desprendía de la mente de Amelia, ésa iba a ser la gran noche. No aquella en la que Tray le pediría matrimonio, sino la noche en la que daría a conocer que era un hombre lobo. La naturaleza dual de Tray era un plus para mi compañera de habitación, que se sentía profundamente atraída por todo lo exótico.

Atravesé la entrada de los empleados y fui derecha al despacho de Sam.

– Hola, jefe -le saludé al verlo tras el escritorio. Sam odiaba llevar los libros de contabilidad, pero no le quedaba otra. Quizá eso le proporcionara una distracción necesaria. Parecía preocupado. Tenía el pelo más revuelto que de costumbre, y sus ondas de rubio rojizo le enmarcaban su estrecho rostro con una especie de halo.

– Prepárate, hoy es la gran noche -dijo.

Estaba tan orgullosa de que me lo hubiera dicho y de que reflejara tanto mis propios pensamientos que no pude evitar una sonrisa.

– Estoy preparada. Estaré a la altura. -Dejé el bolso en el profundo cajón de su escritorio y fui a ponerme el delantal. Venía a relevar a Holly, pero cuando intercambiamos unas palabras sobre los clientes de nuestras mesas, le sugerí que quizá debería quedarse esa noche.

Me clavó una mirada inquisitiva. Holly se estaba dejando crecer el pelo sin teñirlo más, de modo que ahora parecía que hubiese impregnado las puntas de su cabello en alquitrán. Su color natural, que ya asomaba varios centímetros por la raíz, resultaba ser un bonito castaño claro. Hacía tanto tiempo que se lo teñía de negro que casi se me había olvidado.

– ¿Será algo tan bueno como para dejar esperando a Hoyt? -inquirió-. Él y Cody se llevan de maravilla, pero la madre de Cody no dejo de ser yo. -Hoyt, el mejor amigo de mi hermano Jason, era la última adquisición de Holly. Ahora era su acólito.

– Deberías quedarte un rato -le dije, con un significativo arqueo de las cejas.

– ¿Los licántropos? -preguntó Holly. Asentí, y su rostro se iluminó con una sonrisa-. ¡Madre mía! Arlene las va a pasar canutas.



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