
– Sí -dijo él, con voz baja y firme. La luz de la lámpara de su escritorio, que tenía una pantalla verde, le proyectaba sombras en el rostro, pero ahora que sus oscuros ojos estaban cerrados, estaba lejos de parecer satánico. Era más como un empresario promedio, de cabello oscuro y cuarentón, con una camisa a rayas y una corbata floja. Como Tim.
Nell se puso de pie abruptamente y dejó caer su cartera sobre la silla. Se dirigió al ventanal para abrir las persianas y hacer que entrara un poco de luz. Si limpiaba la oficina, él podría dejar las persianas abiertas para dar una mejor impresión. A los clientes les gustaba hacer los negocios a la luz, no en un pozo del infierno. Dio un tirón al cordón pero éste se quedó inmóvil, entonces volvió a tirar, con más fuerza, y esta vez se salió y le quedó en la mano.
Oh, grandioso. Ella miró hacia atrás, pero él seguía hablando por teléfono, los anchos hombros encorvados; entonces empujó el cordón sobre el alféizar. Se cayó sobre el piso de madera, y el extremo de plástico hizo un sonido agudo y hueco cuando chocó, y ella se inclinó sobre la ventana, cubierta por la persiana, para levantarlo de atrás de la silla que se interponía en el camino. Estaba justo fuera del alcance de sus dedos, otra maldita cosa que estaba fuera de su alcance; entonces ella empujó las persianas con más fuerza, estirándose para tocarlo con las puntas de los dedos.
