La ventana se quebró contra su hombro.

– Hasta el lunes -dijo él por teléfono, y ella pateó el cordón detrás del radiador y volvió a su asiento antes de que él pudiera darse cuenta de que le estaba destruyendo la oficina.

Ahora tendría que obtener el puesto para poder ocultar las huellas de su vandalismo. Y, además, estaba ese escritorio; alguien tenía que salvar a este tipo. Y además estaba el dinero que necesitaba para pagar el alquiler y otros lujos. Alguien tiene que salvarme, pensó.

Él colgó el teléfono y se volvió en dirección a ella, con aspecto cansado.

– Lo lamento, señora Dysart. Se dará cuenta de lo mucho que precisamos una secretaria.

Nell miró el escritorio y pensó: Necesitas más que una secretaria, amigo. Pero dijo:

– Todo está perfectamente bien. -Iba a mostrarse alegre y dispuesta costara lo que costase.

Él recogió su curriculum.

– ¿Por qué se fue de su último trabajo?

– Mi jefe se divorció de mí.

– Es una buena razón -dijo él, y comenzó a leer.

Ese hombre tendría que mejorar su talento para relacionarse con las personas, pensó ella mientras bajaba la mirada y la dirigía a sus sensatos zapatos negros, firmemente plantados sobre la antigua alfombra oriental donde no podrían volver a meterla en problemas. Ahora bien; si se hubiera tratado de Tim, éste le habría ofrecido sus condolencias, un pañuelo de papel, un hombro sobre el que llorar. A continuación le habría sugerido la adquisición de alguna póliza de seguros, pero se habría mostrado compasivo.

Había una mancha en la alfombra, y ella la frotó con la punta de un zapato, tratando de borrarla. Las manchas hacían que un lugar diera sensación de fracaso; los detalles eran importantes en un ambiente de negocios. Frotó con más fuerza, los hilos de la alfombra se separaron y la mancha se hizo más grande; no era una mancha: ella había encontrado un agujero y se las había arreglado para desarmarlo y duplicar su tamaño en menos de quince segundos. Tapó el agujero con el pie y pensó: Llévame, Jesús, llévame ahora.



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