– ¿Por qué quiere trabajar con nosotros? -dijo él, y ella le sonrió, tratando de verse simpática y entusiasmada, además del aspecto antes mencionado de alegre y dispuesta, lo que era difícil, puesto que era de mediana edad e irritable.

– Me pareció que sería interesante trabajar para una agencia de detectives. -Me pareció que me vendría bien un trabajo para poder ahorrar el dinero del divorcio para mi vejez.

– Se asombraría de lo aburrido que es -dijo él-. La mayor parte de su tarea consistiría en ripear y archivar y atender los teléfonos. Usted está demasiado calificada para este puesto.

Además tengo cuarenta y dos años y estoy desempleada, pensó ella, pero dijo con entusiasmo:

– Estoy lista para un cambio.

Él asintió, con un gesto que daba la impresión de que no creía nada de todo eso, y ella se preguntó si él sería tan similar a Tim que la reciclaría dentro de veinte años; si, con el paso del tiempo, la miraría y le diría: «Estos años nos han distanciado. Juro que no he entrevistado a otras secretarias a escondidas, pero ahora necesito a una persona nueva. Alguien que verdaderamente sepa mecanografiar. Alguien…»

El apoyabrazos de la silla se tambaleó debajo de su mano, y ella se dio cuenta de que había estado tironeándolo. Relájate. Volvió a empujarlo hacia atrás, mientras apretaba el codo contra su costado para evitar que la silla siguiera moviéndose, sin quitar el zapato del punto de la alfombra. Quédate quieta, se dijo para sí.

A sus espaldas, la persiana se agitó y se deslizó un poco.

– Sin duda, usted tiene las habilidades que necesitamos -dijo McKenna, y ella se obligó a sonreír-. Sin embargo, el trabajo que hacemos aquí es altamente confidencial. Tenemos una regla: jamás se habla del trabajo fuera de la oficina. ¿Usted es discreta?



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