– Por supuesto -dijo Nell, apretando la silla con más fuerza mientras trataba de irradiar discreción.

– ¿Entiende que se trata de un puesto temporal?

– Eh, sí -mintió Nell, sintiéndose de improviso con más frío. Esta era su nueva vida, exactamente igual a su antigua vida. Oyó un débil crack en el apoyabrazos y aflojó un poco la mano.

– Nuestra recepcionista se está recuperando de un accidente y debería estar de vuelta en seis semanas -estaba diciendo él-. Entonces, el 13 de octubre…

– Soy historia -terminó Nell. Por lo menos él le informaba por anticipado que habría un final. Ella no se encariñaría. No tendría un hijo con él. No…

El apoyabrazos volvió a temblar, esta vez mucho más flojo, y él asintió.

– Si quiere el puesto, es suyo.

La persiana volvió a moverse; el sonido de algo oxidado que se deslizaba.

– Acepto el puesto -dijo Nell.

Él rebuscó en el cajón del medio del escritorio y le entregó una llave.

– Con esto podrá entrar en la oficina externa los días en que llegue antes de que mi socio, Riley, o yo hayamos abierto. -Se puso de pie y le ofreció la mano-. Bienvenida a Investigaciones McKenna, señora Dysart. La esperamos el lunes a las nueve.

Nell también se puso de pie, mientras soltaba con suavidad el apoyabrazos con la esperanza de que no se cayera al piso. Buscó la mano de él, extendiendo la propia con violencia, como para demostrar confianza y fortaleza, y golpeó uno de los vasos de plástico. El café se derramó sobre los papeles mientras los dos miraban, las manos entrelazadas sobre la masacre.

– Culpa mía -dijo él, soltándola para agarrar el vaso-. Siempre me olvido de tirar estas cosas a la basura.

– Bueno, ése será mi trabajo las próximas seis semanas -dijo ella, con un aire de absoluta seguridad-. Le agradezco mucho, señor McKenna.



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