La argolla sobre el brazo derecho volvió a impedirle todo movimiento.

Mikah se tambaleó al producirse un cambio brusco de dirección en la nave.

— ¿Qué ha sido? — preguntó.

— El control de emergencia. El computador de la nave ha acusado la sensación de que algo drástico está ocurriendo. Quizá podríamos controlar el vuelo con los mandos manuales, pero ya no importa. La nave por sí sola puede llegar a mejores resultados que nosotros mismos. Encontrará el planeta que estamos ansiando, y lo conseguirá con las mayores economías de tiempo y carburante. Cuando entremos en la atmósfera sí que habrá llegado el momento de que se ocupe por usted mismo de encontrar un lugar donde poder apostamos.

— No me creo ni una palabra de lo que está diciendo — respondió Mikah —. Voy a hacerme cargo de los mandos ahora mismo y lanzar un S.O.S. de emergencia. Alguien lo recibirá.

En el momento en que se disponía a llevar a la práctica su decisión, la nave dio un nuevo giro brusco, y todas las luces se apagaron. En la oscuridad, se podían apreciar los chisporroteos y tenues llamas en el interior de los mandos. La presencia de suave espuma les hizo desaparecer, y al cabo de unos momentos el circuito de luz de emergencia entró en funcionamiento, proporcionando un débil resplandor.

— No tenía que haber arrojado el libro de Lull — dijo Jason —. A la nave le ocurrió igual que a mí: que no pudimos digerirlo.

— Es usted irreverente y profano — dijo Mikah entre dientes mientras se acercaba a los mandos —. Quiso matamos a los dos. No tiene respeto ni para su propia vida ni para la mía. Es usted un hombre que merece el peor de los castigos que hayan dictado las leyes.

— Soy un jugador, eso es — rió Jason — y no tan malo como usted quiere significar. Me arriesgo, sí, pero sólo cuando creo que es el momento oportuno. Usted me llevaba a una muerte segura. Y lo peor que me podía ocurrir al estropear los mandos era llegar al mismo resultado. De modo que preferí arriesgarme. Naturalmente las posibilidades de riesgo para usted eran, y lo son, mucho mayores para usted, pero ahora me doy cuenta de que no tomé en consideración ese detalle. Bueno, después de todo, este asunto no fue más que idea suya, por tanto, no le queda más remedio que hacerse responsable de las consecuencias de sus propios actos, y no reprocharme nada a mí por ello.



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