
— Tiene usted razón — repuso Mikah tranquilamente —. Tenía que haber sido más precavido. Y ahora. ¿quiere decirme qué tengo que hacer para salvar nuestras vidas? No funciona ningún mando.
— ¡Ninguno! ¿Ya ha probado el de emergencia? El botón rojo que hay en el cuadro de seguridad.
— Sí, ya lo hice. Tampoco funciona.
Jason se tiró hacia atrás en el asiento, visiblemente contrariado por la respuesta. Al cabo de unos segundos dijo:
— Lea uno de sus libros, Mikah, y busque consuelo en su filosofía. No podemos hacer nada. Ahora todo depende de los computadores, y de los que quede de los circuitos.
— Pero…, ¿no podemos hacer algo, reparar algo?
— ¿Acaso es usted un técnico en naves? Pues yo tampoco, de modo que si metiéramos la mano según donde, quizá hiciéramos más perjuicios que otra cosa.
Dos días de vuelo errante tardaron en alcanzar el planeta. Un cúmulo inmenso de nubes oscurecía la atmósfera. Avanzaban desde el lado donde aún era de noche, y no había ningún detalle visible que les pudiera servir de referencia. Tampoco se divisaba ningún signo de luces.
— Si hubiera ciudades, habríamos visto las luces, ¿verdad? — preguntó Mikah.
— No es condición indispensable. Podría haber tormentas, o quizá se trata de una ciudad cerrada, o tal vez no hay más que océano en este hemisferio.
— O también podría suceder que no hubiera gente ahí — aventuró Mikah —. Y aunque la nave consiga posarse de tal manera que nos deje a salvo, ¿qué importa? Al fin y al cabo quedaremos atrapados para el resto de nuestras vidas en un planeta perdido, en el más remoto confín del universo.
