
— ¿Y ahora qué es lo que cree usted que está ocurriendo? — preguntó Mikah, sentándose en la silla de aceleración.
— No lo sé. Pero… ¿es que no me va a desatar antes de que nos estrellemos? Podríamos tener un choque muy brusco, y quizá sea necesario que huyamos de aquí a toda prisa.
Mikah se quedó pensativo nuevamente y sacó el revólver.
— Le voy a desatar pero no dudaré en disparar sobre usted al menor movimiento sospechoso que haga. Y en cuanto estemos en suelo firme, le volveré a atar.
— Le agradezco sus buenos propósitos — dijo Jason en cuanto se sintió libre, y mientras se frotaba las muñecas.
La desaceleración se dejó sentir sobre ellos, obligándoles a una respiración entrecortada, y a meterse en colchonetas protectoras.
Mikah continuaba con el revólver en la mano, aunque en aquellos momentos lo tenía pegado al pecho sin poderlo levantar.
De todos modos, no tenía ninguna importancia, puesto que Jason no podía mantenerse en pie ni moverse. La presión de la desaceleración era tan enorme que ambos estuvieron a punto de perder el sentido.
Pero de pronto, la presión desapareció.
Y continuaban en su caída libre.
Los motores lanzaron un zumbido, y los relés funcionaron por unos momentos. Pero no pudieron proseguir. Los dos hombres se miraron mutuamente, inmóviles, esperando que llegara el fin de la inconmensurable cantidad de tiempo que duraba el descenso.
La nave dio un nuevo viraje. El fin llegó para Jason en forma de sacudidas, chasquidos y dolor. El repentino impacto le lanzó al lado opuesto de la nave. Su último movimiento consciente fue el de protegerse la cabeza entre los brazos. Aún estaba levantando los brazos cuando perdió el conocimiento.
