— ¿Esclavo yo? — inquirió Mikah tratando de reincorporarse. Jason le obligó a volver a su anterior posición, quizá con más ímpetu del necesario.

— ¡Sí! usted… y yo también. Es el único medio de que podamos sobrevivir a esta situación. Haga lo que hagan los demás; obedezca órdenes, y con ello mantendrá una oportunidad de permanecer en vida, hasta que podamos encontrar el medio de salir de aquí.

La respuesta de Mikah quedó ahogada por el murmullo que levantaron las gentes al ver venir a Ch’aka por las dunas. Los esclavos se pusieron en pie, y comenzaron a formar una alineación bastante espaciosa entre individuo e individuo.

Jason ayudó a Mikah a ponerse en pie, y envolverle con tiras de pieles los pies. Después, cargando prácticamente con todo su peso, ocuparon un lugar de la formación. Cuando todos estuvieron en su sitio, Ch’aka propinó una patada al más próximo, y todos empezaron a caminar muy despacio, mirando detenidamente hacia el suelo, como si buscaran algo. Jason no tenía idea del significado de aquel acto, pero mientras nadie se metiera con él ni con Mikah, lo demás era secundario: bastante trabajo tenía él con tener que llevar prácticamente arrastrado al hombre herido. Por fin Mikah consiguió reunir fuerzas suficientes como para ayudar a soportar su propio peso.

Uno de los esclavos señaló algo sobre el suelo, se puso a gritar, y la formación se detuvo. Estaba demasiado alejado de Jason, como para poder averiguar la causa de la excitación que le invadía. El hombre se inclinó y comenzó a hurgar un agujero en el suelo, con un trozo de madera puntiagudo. Al cabo de unos segundos había sacado una cosa redonda, de tamaño inferior al de la mano, que elevó por encima de la cabeza lleno de júbilo y lo fue a entregar a Ch’aka dando una pequeña carrerilla. El amo del esclavo, lo cogió y le dio un mordisco, y cuando el hombre que la había encontrado se volvió para alejarse, le gratificó con otra patada. La formación se volvió a poner en camino.



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