
Encontraron otros dos de aquellos objetos misteriosos, que Ch’aka se comió rápidamente, y no consintió en mostrarse proveedor hasta que su hambre no estuvo satisfecha. Cuando encontraron otro de los objetos, causa de incesante búsqueda, llamó a un esclavo, y dejó el fruto dentro de una especie de cesto enmallado que aquél llevaba colgado en la espalda. A partir de aquel momento, el esclavo del cesto anduvo constantemente al lado y delante de Ch’aka, quien se ocupaba de vigilar cuidadosamente de que todo lo que se recogiera fuera a parar inmediatamente dentro del cesto. Jason se preguntaba qué sería aquello, y al pensar en que era algo comestible, sintió unas terribles punzadas en el estómago.
El esclavo que caminaba junto a Jason, lanzó un grito señaló hacia la arena. Al detenerse la columna, Jason dejó a Mikah sentado en el suelo, y observó con gran interés cómo el esclavo hurgaba el suelo con su trozo de madera alrededor de un puntito verde que despuntaba sobre la arena del desierto. El hoyo descubrió por fin un objeto rugoso de color gris, con raíces de las que apuntaban hojas verdes. A Jason le pareció en aquel momento tan comestible como un trozo de piedra, lo cual estaba en desacuerdo totalmente con la opinión del esclavo, a juzgar por la temeridad irresistible que tuvo de llevarse las raíces a la cara para olerlas. Ch’aka se molestó por tal acto, hasta el punto de que después de haber dejado el esclavo el objeto en el cesto, le dio una patada tan fuerte que lo tiró por tierra. El esclavo se levantó, y dolorido, volvió al lugar que antes ocupara en la formación.
Poco después Ch’aka ordenó que se detuvieran e inmediatamente todos los esclavos se reunieron a su alrededor mientras éste metía la mano en el cesto. Fue llamando uno por uno, y a medida que se acercaban, les daba una o más raíces según los méritos, que a su juicio, habían adquirido cada uno de los individuos. Ya estaba el cesto medio vacío cuando con la maza señaló a Jason.
