— K’e nam h’vas vi? — preguntó.

— Mia namo estas Jason, mia amiko estas Mikah.

Jason le había respondido en correcto esperanto, y Ch’aka parecía comprenderlo bastante bien, puesto que emitió una especie de gruñido de asentimiento y metió la mano en el cesto. Le miró a través de su rostro enmascarado, y Jason presintió el impacto de aquellos ojos, invisibles para él, que le acechaban. El mazo le señaló de nuevo.

— ¿De donde venís? ¿Era vuestra la nave que se hundió?

— Sí. Veníamos en esa nave, y procedemos de un sitio muy lejano.

— ¿Del otro lado del océano? — Aparentemente era la distancia más grande que el esclavizador podía imaginar.

— Eso es, del otro lado del océano — Jason no se encontraba de humor suficiente como para darle una lección de astronomía —. ¿Y cuándo comemos?

— Vosotros sois hombres ricos en vuestra región, tenéis una nave y hasta calzado. Ahora soy yo el que tiene las botas. Aquí sois esclavos. Mis esclavos. Los dos sois mis esclavos.

— Sí, sí, yo soy tu esclavo, yo soy tu esclavo — repitió Jason con desgana —. Pero los esclavos también comen. ¿Dónde está la comida?

Ch’aka volvió a meter la mano en el cesto, y sacó una de las raíces. La partió por la mitad, y la arrojó sobre la arena frente a Jason.

— Trabaja de firme, y tendrás más.

Jason la recogió y limpió la suciedad que había sobre ella lo mejor que pudo. Le dio un trozo a Mikah, y haciendo un gran esfuerzo se decidió a meterse en la boca el trozo que le correspondía: casi se masticaba la arena, aun a pesar de las sacudidas que le había dado, y el fruto, tenía un ligero sabor a cera rancia. Le costó un gran trabajo, y aun hasta reprimir las arcadas, el tener que tragar aquello, pero al fin lo hizo. Sin lugar a dudas, era comida, y de momento tendrían que pasar con aquello, hasta que los tiempos cambiaran.



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