— ¿De qué hablaron? — preguntó Mikah, mientras rumiaba muy despacio su ración entre dientes.

— De cambalaches inciertos. Él cree que somos sus esclavos, y naturalmente yo dije que sí. Pero, claro, eso no es más que temporal — añadió Jason al ver que el rostro de Mikah se ponía lívido, y empezaba a ponerse en pie. Jason le dio un empujón que le hizo sentar nuevamente —. Éste es un planeta extraño; usted está herido, no tenemos ni comida, y ni siquiera tenemos idea de cómo haremos para sobrevivir. Por tanto, lo único que podemos hacer para continuar viviendo, es lo que diga ese Viejo Feo. Si él nos quiere llamar esclavos, ¡pues de acuerdo! esclavos.

— ¡Antes morir libre que vivir bajo cadenas!

— ¡Deje ya de decir tonterías! Es mejor vivir entre cadenas y averiguar el modo de librarnos de ellas. De este modo acabará vivo libre, que es mucho mejor que muerto libre, y desde luego mucho más atractivo. Y ahora cierre el pico y coma. No podemos hacer nada mientras pertenezcamos a la clase de los heridos renqueantes.

El resto del día lo pasó la formación de caminantes, afanándose entre la arena, y para poder seguir contribuyendo a la recuperación de Mikah, Jason aportó dos krenoj, la raíz comestible.

Se detuvieron antes del oscurecer, y se dejaron caer rendidos sobre la arena. En el momento de efectuar el reparto de la comida recibieron una ración un poco más extensa, sin duda en atención a la eficiente contribución de Jason en el trabajo. Los dos hombres se hallaban exhaustos, y se quedaron dormidos tan pronto como anocheció.

A la mañana siguiente se pusieron inmediatamente en marcha. Caminaban siempre, en busca de comida, paralelamente al mar, oculto por las dunas, mientras que uno de los esclavos lo hacía por las cretas de aquéllas. Seguramente, el que caminaba en solitario, había visto algo de gran interés, pues empezó a descender la pendiente, agitando los brazos sin cesar. Ch’aka corrió con torpeza hacia las dunas, y habló con el explorador; después le hizo que se alejara de su presencia.



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