
Jason contempló con creciente interés, como desembalada el fardo que pendía de su hombro, hasta que por fin sacó un arco de extraordinaria presencia. Aquella pieza complicada y mortal discordaba totalmente de los medios de aquella sociedad esclavizada y primitiva. Jason hubiera querido mirarlo con más detenimiento. Ch’aka sacó de otro envoltorio una flecha de dimensiones apropiadas al arco.
Los esclavos se sentaron en silencio sobre la arena, mientras que su amo, aceleraba la marcha para escalar la duna. Poco antes de llegar a la cima se tendió en el suelo boca abajo, arrastrándose sigilosamente. Después desapareció de la vista de sus esclavos.
Pocos minutos más tarde se oyó un chillido desgarrador de dolor, procedente de detrás de las dunas, e inmediatamente todos los esclavos se pusieron en pie y emprendieron una loca carrera hacia las dunas. Jason dejó a Mikah donde estaban, y pronto estuvo entre la primera fila de observadores.
Se detuvieron todos a la distancia habitual, y se deshicieron en cumplidos y parabienes por la calidad del disparo, y glosando la extraordinaria habilidad de Ch’aka como cazador. Jason tuvo que admitir que los elogios tenían algo de merecido. Un anfibio grande, cubierto de piel, yacía al borde del agua. El extremo posterior de la flecha sobresalía del cuello del animal y la sangre corría al mezclarse con el agua que impulsaban las olas.
— ¡Carne! ¡Hoy hay carne!
— ¡Ch’aka ha matado al rosmaro! ¡Ch’aka es extraordinario!
— ¡Ch’aka el gran proveedor! — gritó Jason para meterse en el ambiente de las cosas —. ¿Cuándo comemos?
