
— ¡Te odio, Ch’aka! — masculló.
— ¡Te odio, Fasimba! — fue la inmediata respuesta.
El intercambio de saludos fue tan formal como un pas de deux, y casi una declaración de guerra. Ambos hombres aprestaron las armas, intercambiaron unos cuantos insultos, y luego pasaron a una conversación más tranquila. Fasimba llevaba el mismo tipo de disfraz que Ch’aka, horrible por el temor que inspiraba, y difiriendo solamente en algunos detalles. En lugar de un caparazón, la cabeza de Fasimba estaba oculta en el interior de una calavera de un anfibio rosmaro, adornada además con otros detalles y cuernos. Las diferencias entre los dos hombres eran insignificantes, y correspondían solamente a pequeños detalles de decoración. Eran, sin ningún género de dudas, amos de esclavos, e iguales.
— Hoy he matado un rosmaro, el segundo en diez días — dijo Ch’aka.
— Cogiste un buen trozo de costa. Está plagado de rosmaro. ¿Y qué hay de los dos esclavos que me debes?
— ¿Que yo te debo dos esclavos?
— Sí, dos esclavos. Vamos, no te hagas el tonto. Te traje aquellas piezas de acero desde d’zertanoj. Uno de los esclavos con que me pagaste murió. Todavía me debes uno.
— Sí, claro, cogí dos esclavos para ti. Dos que saqué del océano.
— Buen trozo de costa cogiste.
Ch’aka anduvo a lo largo de la formación, ahora tendida en el suelo, de sus esclavos, hasta que llegó al que el día anterior había olido la rata ganándose una buena patada. De un manotazo lo puso en pie, y lo fue llevando a empujones hacia el otro grupo.
