
— No sé qué voy a tener que hacer para corregir mi impertinente curiosidad — dijo Jason —. ¡Míreme! — Debatió impulsivamente las muñecas entre las argollas que las retenían, y los servomotores gimieron un poco, mientras la unidad detectora se ponía en funcionamiento, estrechando el radio de las esposas, hasta conseguir limitar los movimientos de Jason —. No hace más que unos minutos estaba disfrutando de mi bienestar corporal y mi libertad, cuando de pronto me llamaron para que hablara con usted por radio. Y entonces, en lugar de dejarle estrellarse contra una colina, por ejemplo, le guié para que pudiera realizar un buen aterrizaje, y además no pude resistir la tentación de meter mi estúpida cabeza en la trampa que me había preparado. ¡Tendré que empezar a aprender a contener esos impulsos!
— Si con sus palabras me quiere dar a demostrar que me suplica merced o compasión, le diré que detesto tal postura — explicó Mikah —. Nunca he aceptado favores de nadie, ni debo lo más mínimo a los hombres de su calaña. Ni les deberé nunca.
— Siempre, igual que nunca, indican un tiempo indefinido, superior a nuestra comprensión — respondió Jason tranquilamente —. Quisiera tener la paz de su espíritu para poder determinar el camino recto de las cosas.
— Lo que acaba de decir muestra que aún puede haber esperanzas para usted. Tendría usted que llegar a reconocer la Verdad antes de morir. Yo le ayudaré, hablaremos, y le explicaré.
— ¡Antes la ejecución! — se atrevió a bromear Jason.
Capítulo II
— ¿Me va a dar de comer en la boca? ¿O me va a desatar las muñecas mientras como? — preguntó Jason. Mikah estaba ante él con una bandeja, sin saber qué resolución tomar al respecto. Con esas palabras Jason pretendía aguijonearle un poco, muy suavemente, ya que Mikah sería cualquier cosa menos un estúpido —. Le advierto que casi preferiría que me lo diera usted, pues su cuerpo, delgado, alto, calvo, se adopta bien a las características de la mayoría de los que ejercen esta profesión.
