
A Tansy le gustaba dormir por la mañana, bañarse en la piscina y luego pasar un par de horas al sol de la tarde, antes de volver a su campamento y prepararse para otra sesión por la noche. Generalmente, los pumas tenían un territorio grande, las hembras a menudo cubrían cincuenta kilómetros cuadrados, pero la hembra permanecía cerca de su pequeña cueva y Tansy estaba absolutamente segura de que iba a dar a luz cualquier día. No quería dejar pasar su oportunidad, ni permitir que el animal huyera de ella. Había oído de pumas que cambiaban de guarida a última hora y necesitaba vigilar a la hembra preñada de cerca.
Tansy se estiró, tratando de acomodarse sobre la lisa superficie de granito. Por lo comun, después de una larga noche sin dormir, se quedaba dormida directamente al sol de la tarde. Intentó decirse que estaba emocionada por sus imágenes, los meses de trabajo finalmente daban sus frutos. La verdad era que, desde el momento en que ese helicóptero había volado por encima, había tenido un vago sentimiento de intranquilidad, como si una tormenta estuviera formándose a lo lejos y dirigiéndose hacia ella. La premonición persistía y era tan fuerte, que levantó la cabeza para buscar en el cielo algún signo de amenazadoras y oscuras nubes.
Un halcón flotaba perezoso en el cielo despejado, tomando una corriente térmica y cabalgándola por diversión. Tansy apoyó la cabeza contra el brazo y frotó la mejilla de aquí para allá en un gesto calmante. Era una locura, pero se sentía como si estuviera siendo cazada. El área era recluida, restringida sin un permiso, bien anunciado, intransitable excepto a pie, o en invierno, con calzado de nieve. El helicóptero le había afectado más de lo quería admitir.
